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10 diciembre, 2012

SALUD MENTAL Y NAVIDAD

DR EDUARDO MEDINA BISIACH

Cada vez son más las personas que al llegar fin de año presentan síntomas de estrés. Todo se incrementa sensiblemente: el vehicular, el peatonal también, además de atrapar la mente más objetos de lo acostumbrado: colas en los comercios; muchas cosas que preparar y muchos regalos que comprar. Siempre hay algo que no sale bien, o alguien que dice algo impropio, o indiferencia ante nuestro regalo. Todo eso lesiona nuestra susceptibilidad y amor propio, hasta puede entristecernos las fiestas, manifestándose en forma de angustia o de disgustos desmedidos. Los psiquiatras vemos en éstas épocas consultas de muchas personas que sufren una variedad de “síndrome depre-navidad”, al decir de Gándara. Es que hay tantas personas anhelantes, solitarias, viudas, enojadas, indigentes, incomunicadas, apenadas. A esto se les suma gente bloqueadas por aprensiones, necesidades, miserias, falta de trabajo y noticias dolorosas. En concordancia con otras emociones negativas, como pesadumbre o incertidumbre. En fin, no todo son miedos y angustias anticipatorios. Yo opino que primero, no hay que resignarse y dejarse confundir por la intensidad de las emociones y sentimientos intensos propios de estas fechas, o agregarle una connotación patológica a lo que sólo son molestias transitorias y lógicas. Lo segundo, se tendría que averiguar y auxiliar a las personas más vulnerables, ya sea por sus antecedentes patológicos, ya sea por sus especiales condiciones de vida. Nosotros observamos que, por ejemplo, las personas pueden empeorar en estas fechas cuando tienen antecedentes depresivos o ansiosos. De la misma forma, las personas que viven solas o son solitarias o sin apoyos humanos o las que han perdido a algún ser querido recientemente, o las que afrontan enfermedades graves propias o de algún ser querido, necesitan una atención especial. Hay un factor propio de la época que vivimos, sobre todo materialista-economicista, y que hace que cada vez más frecuente la Navidad se convierta en un cúmulo de compromisos cada vez más materiales y menos espirituales, tanto con los demás como  con nosotros mismos. ¿Pero cual es el nombre que se debe dar a relaciones que, no siendo motivadas más que por las necesidades exclusivamente materiales, no se encuentran a los mismos tiempos apoyados por una espiritualidad cualquiera? Es como si estuvieran huyendo de lo espiritual y la solidaridad social, a la cual, quizás, la consideran un estorbo para su alma, ya inclinada hacia la utilidad material personal o sea, una utilidad para sí mismo. Tristemente, nos hemos ido acostumbrando a dar lo material y a esperar recibir lo material; en parte motivados por la fuerte presión comercial que constantemente nos incita a deleitar lo material, y en parte porque los valores fundamentales de nuestra cultura actual tienen carácter material. Y no es que tenga nada de malo lo material, el problema radica en que va desplazando lo espiritual. Y a tal grado nos hemos acostumbrado a ello, que cualquier envión por ofrecer un compromiso de tipo espiritual y no material en esta Navidad, automáticamente se ve frenado por el temor a quedar mal, a no responder a lo que otros esperan de nosotros. Todas estas obligaciones socio-familiares parten de la base de arcaicas tradiciones, en las cuales a través del tiempo se ha ido desvirtuando su esencia, sobre todo en la autenticidad de los actos, como lo describí anteriormente; aunque desde otra mirada, ha servido también para festejar logros, nacimientos, nuevos componentes familiares, reafirmaciones y reconciliaciones parentales, intensificar devociones religiosas, etc. Como se puede apreciar, en la Navidad no todo es “depre-navidad”, puede ser también una “jubilo-navidad”, a la que asocio con júbilo, placer, alegría, satisfacción. Todo lo dicho no es nada más que una aglutinación de las vicisitudes de nuestra vida dentro de esta sociedad contemporánea; y, como ven, se reduce a las interacciones familiares y a las presiones socioculturales del contexto. Por eso traigo a colación que después de tantos años de experiencia profesional, estoy cada vez más convencido de que el desarrollo que cada persona tiene a lo largo de su vida, está fuertemente condicionado por la educación que recibió, dentro de un contexto social y cultural adecuado en que vivió con su familia de origen, desde que nació hasta la adultez. Es por ello que trato cada vez más, de orientar mi profesión de especialista en salud mental, hacia la promoción de la salud, a la toma de conocimiento de “quien es uno mismo” y de conceptualizar la importancia de las interacciones familiares y sociales, y con ello una dirección en la crianza y educación de los hijos. Estoy absolutamente convencido del rol fundamental que juega la familia en lo que cada persona es o va a ser en el futuro.

DR EDUARDO MEDINA BISIACH

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