Ir al contenido

16 mayo, 2019

Elogio de la lumbalgia: la verdad y otras mentiras

Autor: Daniel Flichtentrei

Acerca del dolor de espalda, el peso del mundo y el agobio de la existencia. ‚ÄúLos dioses hab√≠an condenado a S√≠sifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una monta√Īa, desde donde la piedra volv√≠a a caer por su propio peso. Pensaron, con alg√ļn fundamento, que no hay castigo m√°s terrible que

el trabajo in√ļtil y sin esperanza‚ÄĚ. -Albert Camus-.
Si el planeta tuviese la gentileza de inclinarse unos treinta grados a estribor yo volver√≠a a ver las cosas en su lugar. La lumbalgia te cambia la perspectiva del mundo. Te rescata de la dictadura de lo vertical. El dolor te humaniza. Todo se vuelve est√ļpido, insignificante. Comprend√©s, a fuerza de latigazos en el lomo, que ten√©s un cuerpo. Que no gobern√°s su caprichosa fisiolog√≠a. Que est√°s a su merced. Te come la voluntad. Te tir√°s en la cama evitando el m√°s m√≠nimo desplazamiento. El aleteo de las alas de una mariposa desencadena una tempestad de rayos que te atraviesan la espalda. Advert√≠s la contundencia de lo sutil, la furia desatada por lo min√ļsculo. El movimiento es tu enemigo. Sos un primate pagando la deuda milenaria de la bipedestaci√≥n. Dese√°s que el hom√≠nido nunca se hubiera puesto de pie. Aunque eso te privara de la idea de horizonte y del sexo frontal, de los besos mir√°ndose a los ojos. Quisieras caminar en cuatro patas.

El esfuerzo por disimular tu inclinaci√≥n de Torre de Pisa es agotador. Apoy√°s una mano sobre el muslo y empuj√°s hacia arriba. Pero tu cuerpo se resiste. Se rinde a la gravedad. Te condena al rid√≠culo. Al dolor incesante y a la curiosidad ajena. La gente hace muecas de dolor cuando te mira. Fruncen la boquita, elevan las comisuras de los labios. Entrecierran los ojos y dicen ¬°ayyyy!. Todos tienen un remedio para ofrecerte: calor, fr√≠o, elongaci√≥n, reposo, kinesiolog√≠a, tapping, masoterapia, osteopat√≠a, ba√Īos termales, colchones ergon√≥micos, reflexolog√≠a, acupuntura. Te ofrecen una interpretaci√≥n al paso: ansiedad, falta de descanso, angustia existencial, conflictos no verbalizados, alexitimia, adicci√≥n al trabajo, sentimientos no confesados, amores no correspondidos, acrobacias sexuales o abstinencia forzada, culpas, deudas, remordimientos. A mis v√©rtebras les importa un carajo lo que digan acerca de ellas. Me clavan su pu√Īal. Me ponen un l√≠mite. Me recuerdan que el peso del mundo es m√°s de lo que puedo cargar sobre los hombros.

Aguantás. Apretás los dientes y seguís adelante

Has le√≠do durante d√©cadas todo lo que se publica acerca de este tormento. Sab√©s que no tiene sentido hacerte estudios de im√°genes a menos que aparezcan signos de alarma: dolor radicular, duraci√≥n mayor a seis semanas, antecedentes de c√°ncer, fiebre. No quer√©s consultar a nadie. Cada vez que lo coment√°s con un colega: m√©dico, kinesi√≥logo o masajista te repiten la misma cantinela: ‚Äú¬Ņc√≥mo que no te hiciste una resonancia?‚ÄĚ Entonces prefer√≠s el encierro y el silencio. El sufrimiento solitario, el calvario callado de los estoicos, el disciplinamiento b√°rbaro de los flagelantes. Aguant√°s. Apret√°s los dientes y segu√≠s adelante.

Sab√©s que es in√ļtil pero te intoxic√°s de analg√©sicos, de antiinflamatorios, de corticoides, de benzodiazepinas. De fajas de potro, de colchones duros o siestas sobre el piso. Te escond√©s bajo llave en el cuarto para aplicarte una inyecci√≥n de Duo Decadr√≥n. Llevar tu mano con la jeringa hasta una de tus nalgas es una operaci√≥n de alta ingenier√≠a. Clav√°s la aguja como si fuera un Tramontina en la garganta de un criminal. Te acord√°s de Los Redondos: ‚ÄúTarde en la noche‚ĶPlaza Constituci√≥n / hay sangre rancia de Tramontina tajeador‚ÄĚ. Quer√©s sentir un dolor distinto. Uno que humille a tu lumbalgia. Pero no sent√≠s nada, nada. Apur√°s el √©mbolo hasta que el l√≠quido espeso ingresa en vos. Quer√©s que sea un b√°lsamo o un veneno. Que te alivie o que te mate. Te da igual.

Sabés que, tarde o temprano, el tiempo disolverá la vara que te atraviesa la espalda. Que al cuarto o quinto día te levantarás erguido. Como si nunca hubiera pasado nada. Que conservarás la memoria del dolor durante un tiempo aunque ya no te duela más que el recuerdo. Estarás al acecho. En un alerta tensa de presa que espera al predador. Aterrorizado. Moviéndote como si pisaras cristales de Bohemia. Como si caminaras sobre nubes de algodón. Más tarde vendrá el olvido, o la espera resignada del próximo episodio.

Cada ma√Īana te levant√°s de la cama apoyando un pie sobre la alfombra. Vas subiendo despacito. Trep√°s como un andinista sobre tu propio cuerpo. Med√≠s cada mil√≠metro. Sab√©s que hay un punto cr√≠tico. Una marca sobre el nivel del mar. Cuando la alcances se te abrir√° el camino del infiero o del para√≠so. Ten√©s una esperanza vaga y desangelada. Segu√≠s subiendo. Entonces una lanza se te clava entre la cuarta y la quinta lumbar. Te sale un grito sordo, ahogado, mudo. Un alarido √≠ntimo y secreto. S√≥lo para vos. Sud√°s. Busc√°s la posici√≥n que neutralice el rayo. Tu cuerpo se acomoda en una pose rid√≠cula. Es un aut√≥mata que no responde a tu voluntad. Vos agradec√©s su sabidur√≠a de animal prehist√≥rico. Respir√°s.

Te ba√Ī√°s, pero hay zonas de tu cuerpo que son inaccesibles. Rincones remotos protegidos por un muro de dolor insoportable. Ensay√°s procedimientos absurdos para llegar a trav√©s de esa geograf√≠a hostil. At√°s la esponja enjabonada a un palo de escoba. Prob√°s por arriba de tus hombros, por debajo de las piernas. Nada. Tus giros se han reducido, tus brazos son m√°s cortos. Todo queda lejos y el camino est√° sembrado de espinas. Te vest√≠s empleando diez veces el tiempo de un d√≠a normal. Nunca has estado tan alejado de tus zapatos. Vas a laburar. Cada media hora entr√°s al ba√Īo, te tom√°s del lavatorio y estir√°s tu espalda hasta que no aguant√°s m√°s. Te alivia un poco, te endereza. Pero dura unos minutos. Un resorte obstinado te devuelve a ese plano oblicuo de barco encallado.

Las cosas que antes te encend√≠an son ahora sombr√≠as e indiferentes. Te invade una tristeza gris de dromedario. Le√©s los textos en los que estabas trabajando repleto de entusiasmo. Te parecen ins√≠pidos y ajenos. Los libros que estabas leyendo se llenan de sombras y de hast√≠o. Los resultados del f√ļtbol con los que hab√≠as so√Īado ni siquiera despiertan tu curiosidad. Te da l√°stima el tipo que sos cuando tu espalda desaparece y se hace puro silencio. Las mujeres, las mujeres siguen all√≠. Todav√≠a sent√≠s que son lo √ļnico que te importa en el mundo. Lo sab√©s. Pero tu cuerpo lo ignora. Te asalta una nostalgia de pezones y de bocas. Como un muerto al que s√≥lo le queda el recuerdo impreciso de un cielo al que ya nunca va a regresar.

La vida entera pasa por tu espalda

Lo has vivido en tu casa, en tu trabajo, en aviones, en hoteles. En un viaje de purgatorio entre Zapala y Chos Malal en una camioneta con amortiguadores desvencijados que te hac√≠an saltar hasta darte la cabeza contra el techo con cada peque√Īa irregularidad del camino. Has dado conferencias en congresos impostando una cara neutra de jugador de p√≥ker mientras mirabas el reloj que se demoraba a prop√≥sito, marcando un tiempo cruel y s√°dico que gozaba alargando tu padecimiento.

Una vez una moto se cruz√≥ por la derecha y te rompi√≥ el espejito del auto en la General Paz. Apretaste el freno y la espalda te estall√≥ en mil pedazos. Lo insultaste, tanto pero tanto, y con tanto odio… Tu instinto asesino se desat√≥ como una fiera. Quer√≠as matarlo. Pero no porque te hab√≠a roto un vidrio insignificante sino porque te hab√≠a obligado a frenar con violencia. El tipo se quit√≥ las antiparras y te mir√≥ a los ojos. Se las volvi√≥ a colocar y te dijo: ‚ÄúEst√°s mal t√≠o, est√°s muy mal‚ÄĚ, y se fue haciendo zigzag entre los coches en direcci√≥n al R√≠o de la Plata.

La vida entera pasa por tu espalda. Es un filtro impiadoso que se come todo entusiasmo, toda alegría, todo deseo. Un caníbal que mastica lo que justificaba tu existencia. Te condena a una vida desabrida y hueca. A una vigilia de dientes apretados. A la idea fija de la mecánica gravitacional. A la supervivencia rudimentaria de un puro esqueleto.

Hace un rato una mucama me sorprendi√≥ colgado debajo de la escalera con ambos brazos extendidos aferrados a los escalones. Estaba en puntas de pie, casi suspendido en el aire, para que el peso de mi propio cuerpo pusiera la gravedad a mi favor. Se detuvo asombrada mirando mi ejercicio de potro de tormento. Cuando la vi, me solt√© y trat√© de recobrar la compostura. Pero era tarde. Nunca nos hab√≠amos hablado pero nos conoc√≠amos bien. Se acerc√≥ y me dijo susurrando a cent√≠metros de mi o√≠do: -‚ÄúDisculpe, ya lo he visto as√≠ otras veces. No lo tome a mal, pero usted necesita que lo quieran‚ÄĚ. Se fue con un balde colgando de la mano derecha y negando con la cabeza hasta desaparecer por el pasillo. Yo no soy feliz. Pero no necesitaba que me lo recordaran de una manera tan brutal.

Daniel Flichtentrei

Comentari

Comparte tus pensamientos, publica un comentario.

Usted debe conectarse para publicar un comentario.