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7 mayo, 2019

DEPRESIÓN POR INTIMIDACIÓN EN LA ADOLESCENCIA

Fuente: The British Medical Journal
La intimidación en la adolescencia está fuertemente asociada con la depresión más adelante en la vida, según sugiere un nuevo estudio publicado en ‘The British Medical Journal’ esta semana. Un equipo de científicos, dirigido por Lucy Bowes, de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, llevó a cabo uno de los mayores estudios sobre

la asociación entre la intimidación por los compañeros en la adolescencia y la depresión en la edad adulta temprana.
La depresión es un problema importante de salud pública con costos económicos y sociales altos. Hay un rápido aumento en la depresión desde la niñez a la edad adulta y un factor que contribuye podría ser la intimidación por los compañeros, pero el vínculo entre el acoso escolar y la depresión en la edad adulta todavía no está claro debido a las limitaciones en la investigación anterior.
Los autores de este trabajo realizaron un estudio observacional longitudinal que examinó la relación entre el acoso a los 13 años y la depresión a los 18 años. En concreto, analizaron los datos de intimidación y depresión de 3.898 participantes del ‘Estudio Longitudinal Avon de Padres e Hijos’ (ALSPAC, por sus siglas en inglés), una cohorte de nacimiento basada en la comunidad de Reino Unido.
Los participantes contestaron a un cuestionario a los 13 años acerca de la intimidación y a los 18 años completaron una evaluación que identifica a las personas que cumplen con los criterios acordados a nivel internacional para la enfermedad depresiva.
De los 683 adolescentes que dijeron haber sufrido acoso frecuente en más de una vez a la semana a los 13 años, el 14,8 por ciento de ellos estaban deprimidos a los 18 años. Entre los 1.446 adolescentes que habían sido víctimas de alguna intimidación entre 1 y 3 veces alrededor de seis meses a los 13 años, el 7,1 por ciento estaban deprimidos a los 18 años.
Sólo el 5,5 por ciento de los adolescentes que no experimentaron acoso estaban deprimidos a los 18 años. Alrededor de 10,1 por ciento de los adolescentes intimidados con frecuencia sufrió depresión durante más de dos años, en comparación con el 4,1 por ciento del grupo con jóvenes que no habían sido objeto de ‘bullying’ durante su infancia.
En total, 2.668 participantes tenían datos sobre acoso y depresión, así como otros factores que pueden haber causado la depresión, como intimidación previa en la infancia, problemas mentales y de comportamiento, composición familiar y acontecimientos vitales estresantes.
Cuando se tuvieron en cuenta estos factores, los adolescentes acosados con frecuencia todavía tenían alrededor del doble de probabilidades de depresión en comparación con aquellos que no sufrieron intimidación. Esta asociación fue la misma para hombres y mujeres.
El tipo más común de intimidación eran insultos, que sufrieron el 36 por ciento, mientras que al 23 por ciento le habían cogido sus pertenencias. La mayoría de los adolescentes no se lo dicen a un profesor (entre el 41 y el 74 por ciento) o a uno de los padres (24-51 por ciento), pero hasta el 75 por ciento le cuenta a un adulto su intimidación física, como ser golpeado o agredido.
Si esto fuera una relación causal, hasta el 30 por ciento de la depresión en la edad adulta temprana podría atribuirse a la intimidación en la adolescencia, explican los autores, añadiendo que el acoso podría hacer una contribución sustancial a la carga global de la depresión.
Aunque se trata de un estudio observacional y no hay conclusiones definitivas que se puedan extraer sobre causa y efecto, estos científicos dicen que las intervenciones para reducir la intimidación en las escuelas podría ayudar a disminuir la depresión en su vida posterior.
Acceso gratuito al texto completo.
El intimidar, forzar a otra persona a hacer algo, es una experiencia común para muchos niños y adolescentes. Las encuestas indican que hasta una mitad de los niños de edad escolar son intimidados en algún momento durante sus años escolares y por lo menos un 10% son intimidados con regularidad.

El comportamiento de intimidar a otros puede ser físico o verbal. Los varones tienden a usar la intimidación física o las amenazas, sin importarles el género de sus víctimas. La intimidación de las niñas es con mayor frecuencia verbal, usualmente siendo otra niña el objetivo. Recientemente el intimidar ha sido reportado en las salas de conversación (“chat rooms”) de las computadoras y mediante la correspondencia electrónica (“e-mail”).

Los niños que son intimidados experimentan un sufrimiento real que puede interferir con su desarrollo social y emocional, al igual que con su rendimiento escolar. Algunas víctimas de intimidación hasta han intentado suicidarse antes de tener que continuar tolerando tal persecución y castigo.

Los niños y adolescentes que intimidan, se engrandecen y cobran fuerzas (“thrive”) al controlar o dominar a otros. Ellos muchas veces han sido las víctimas de abuso físico o de intimidación. Los intimidadores (“bullies”) pueden también estar deprimidos, llenos de ira y afectados por eventos que suceden en la escuela o en el hogar. Los niños que son el blanco de los intimidadores también tienden a caer bajo un perfil particular. Los intimidadores a menudo escogen niños que son pasivos, que se intimidan con facilidad o que tienen pocos amigos. Las víctimas también pueden ser más pequeños o menores a quienes se les hace muy difícil defenderse a sí mismos.

Si usted sospecha que su hijo está intimidando a otros, es importante que busque ayuda para él o ella tan pronto como le sea posible. Sin una intervención, la intimidación puede llevar a serias dificultades académicas, sociales, emocionales y legales. Hable con el pediatra, maestro, principal, consejero escolar o médico de familia de su niño. Si la intimidación continúa, una evaluación comprensiva por un siquiatra de niños y adolescentes u otro profesional de la salud mental debe de ser planificada. La evaluación puede ayudarlos a usted y a su niño a entender cuál es la causa de la intimidación y a desarrollar un plan para ponerle fin al comportamiento destructivo.

Si usted sospecha que su niño ha sido víctima de intimidación, pídale a él o a ella que le diga lo que está pasando. Usted puede ayudar proveyéndole muchas oportunidades para que hable con usted de manera abierta y sincera.

También es importante que se responda de manera positiva y con aceptación. Hágale saber a su hijo que no es su culpa y que él o ella hizo lo correcto al decírselo a usted. Otras sugerencias específicas incluyen lo siguiente:
• Pregúntele a su niño lo que él o ella cree que se debe de hacer. ¿Qué él ha tratado ya? ¿Qué le funcionó y qué no le funcionó?
• Busque ayuda de la maestra del niño o del consejero de la escuela. La mayor parte de la intimidación ocurre en las áreas de juego, en las cafeterías, los baños, los autobuses escolares o en los pasillos donde no hay supervisión.
• Pídale a los administradores de la escuela que busquen información acerca de programas que han sido utilizados en otras escuelas y comunidades para combatir la intimidación, tales como la mediación entre los pares, la resolución de conflictos, el adiestramiento para controlar la ira y el aumento en la supervisión por adultos.
• No estimule a su niño para que se defienda peleando. En vez de ello, sugiera que él o ella trate de alejarse para evitar al intimidador, o que busque la ayuda del maestro, entrenador u otro adulto.
• Ayude a su niño a practicar a hacer valer sus derechos. El simple acto de insistir que el intimidador lo deje solo o quieto puede tener un efecto sorpresivo. Explíquele a su niño que la meta del intimidador es lograr una respuesta.
• Ayude a su hijo a practicar qué decirle al intimidador de manera que esté preparado para la próxima vez.
• Estimule a su niño para que esté con sus amigos cuando viaja hacia la escuela y de regreso, durante los viajes para hacer compras, o en otras salidas. Los intimidadores tienden a no molestar al niño que está en un grupo.
Si su niño se torna retraído, deprimido o si se resiste a asistir a la escuela, o si usted se da cuenta de un deterioro en el comportamiento escolar, puede necesitarse una consulta o intervención adicional. Un siquiatra de niños y adolescentes u otro profesional de la salud mental puede ayudar al niño, a la familia y a la escuela a desarrollar una estrategia para tratar con la intimidación. Busque a tiempo la ayuda profesional para así evitar el riesgo de consecuencias emocionales duraderas para su niño.

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