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5 diciembre, 2018

feminizacion de la cultura

por Jaime Duran Barba
La mujer y la alteridad El primer paso se dio cuando ellas lucharon para ser admitidas en las aulas universitarias, y con su incorporación masiva al mundo laboral, al mundo profesional, a la política y a una serie de actividades que antes estaban monopolizadas por los hombres. La voz de una epoca. Más profesionales en distintas áreas como la ciencia hablan de una sociedad que cambia y mejora. Foto: shutterstock Noticias Relacionadas Lindsay Lohan contra el

movimiento feminista: ‚ÄúNos hace parecer d√©biles‚ÄĚ D√≠a del “ni√Īe”: a la caza de micromachismos Julieta Lanteri, la primera mujer que pudo votar y fue olvidada por la historia Hasta inicios del siglo XX, los latinoamericanos solo pod√≠an interactuar con pocas personas que se parec√≠an mucho entre s√≠, conoc√≠an pocas y las mismas cosas, compart√≠an id√©nticos mitos y verdades. Lo m√°s grave: casi no o√≠an m√ļsica. Algunos l√≠deres del siglo pasado habr√≠an actuado de otra manera si hubieran asistido al festival de Woodstock. Seguramente no habr√≠an existido ni el plan quinquenal sovi√©tico, ni los paredones en la Habana, ni el Holocausto nazi, ni la Camboya de Pol Pot. La sociedad era vertical y viv√≠a de verdades un√≠vocas transmitidas por algunos a los que se cre√≠a superiores. El padre era la fuente de la verdad para los hijos, el maestro para los alumnos, el sacerdote para los feligreses. Como todav√≠a ocurre en pa√≠ses isl√°micos, la familia era propiedad de un macho alfa, due√Īo de las mujeres, a las que dominaba. Todav√≠a hoy en esos pa√≠ses la mujer no puede salir a ning√ļn sitio si no est√° acompa√Īada por un hombre. En el siglo pasado, la sociedad era vertical y viv√≠a de verdades un√≠vocas transmitidas por algunos que se cre√≠an superiores La tecnolog√≠a rompi√≥ las murallas de ese mundo en el que los due√Īos de la verdad vigilaban y castigaban. Apareci√≥ el cine, que se consolid√≥ a mediados del siglo XX y permiti√≥ que la gente viera im√°genes de situaciones y personas que estaban m√°s all√° de su entorno aldeano. El tel√©fono rompi√≥ la muralla en la que el macho alfa encerraba a su familia con algo enormemente subversivo: de pronto, cualquier miembro de la familia, y especialmente las j√≥venes, pudo hablar con personas que estaban fuera esquivando la censura paterna. La radio ampli√≥ el horizonte de todos. De pronto se escucharon las voces de personas que estaban lejos, tanto pol√≠ticos como personajes de un nuevo jet set en el que ocupaban un lugar central los artistas y los cantantes. Nuestros pa√≠ses construyeron su identidad con la m√ļsica que llegaba por la radio: la Argentina con el tango, Brasil con el samba, M√©xico con los corriditos revolucionarios y Ecuador con la voz de J.J. Jaramillo. La m√ļsica inund√≥ la vida de la gente y cambi√≥ su percepci√≥n de la realidad gracias a la revoluci√≥n de las comunicaciones. En todo este proceso, se licu√≥ la sociedad machista y se consolid√≥ una cultura occidental en la que la mujer es sujeto central del cambio. La transformaci√≥n es profunda, no consiste solo en que se aceptaron algunos valores de las mujeres, sino en que nuestra cultura incorpor√≥ el valor de la alteridad. Hombres y mujeres tenemos distintas visiones de la vida y las percepciones femeninas, que siempre fueron negadas, se instalaron en el conjunto de la sociedad, que aprendi√≥ a construirse aceptando al otro. El siglo XX fue el siglo de las ideolog√≠as y de las fantas√≠as mesi√°nicas de oradores que declmaron mensajes trascendentes que provocaron la muerte de decenas de millones de personas con fantas√≠as comunistas, falangistas, cristeras, y de otros tipos, entre los cuales el nazismo fue la m√°s brutal. El horror nazi produjo una reacci√≥n, se escribieron algunos textos indispensables para comprender la mentalidad autoritaria y el sentido de la democracia horizontal. Terminada la Segunda Guerra Mundial, un grupo de intelectuales dirigido por Theodor Adorno produjo el libro La mentalidad autoritaria, que analiza c√≥mo se estructura la mente totalitaria sobre los pilares de la misoginia, la homofobia, el antisemitismo, la xenofobia, la idea de que algunos son due√Īos de la √ļnica verdad. Emmanuel L√©vinas desarroll√≥ en su texto Alteridad y trascendencia el concepto de alteridad. L√©vinas fue un jud√≠o lituano descendiente de una familia exterminada por los nazis, que estuvo preso durante la guerra en un campo de concentraci√≥n de Hannover, torturado por una ideolog√≠a que quer√≠a eliminar las diferencias. Alteridad viene de la palabra latina alter, que significa “otro”, y podr√≠a traducirse en mal castellano como otredad. Es el principio de aprender a “alternar” o cambiar la propia perspectiva por la del “otro”, considerando y teniendo en cuenta integralmente su punto de vista. No se trata de soportar al distinto, sino de apreciarlo justamente por ser distinto, de concebir la diferencia como una posibilidad de crecer y no como una amenaza. As√≠, el otro no es un rostro que me enfrenta, sino la presencia del infinito me me ayuda a ordenarlo y hace que entienda que soy incapaz de dominarlo. Muchos autores desarrollaron ideas en esta l√≠nea, centralmente Sartre, Foucault y Lacan, cuando defini√≥ el amor como “el deseo que tengo del deseo del otro”. Uno de los mayores logros del racionalismo occidental fue comprender que las mujeres tienen derechos iguales a los de los hombres, que merecen las mismas oportunidades en todos los √°mbitos de la vida y, sobre todo, que la vida se enriquece asumiendo su visi√≥n del mundo. Occidente dio con esto un paso adelante en la evoluci√≥n, superando su propio pasado y las pr√°cticas de casi todas las dem√°s culturas. En la d√©cada de 1950, la aparici√≥n de la p√≠ldora anticonceptiva y su difusi√≥n permitieron que las mujeres controlaran su cuerpo. La mujer dej√≥ de ser un ente que se dedicaba al alumbramiento y al cuidado de los hijos, para convertirse en un sujeto que participa en todas las actividades con el mismo protagonismo que el hombre. El primer paso se dio cuando las mujeres lucharon para ser admitidas en las aulas universitarias, y con su incorporaci√≥n masiva al mercado laboral, al mundo profesional, a la pol√≠tica y a una serie de actividades que antes estaban monopolizadas los hombres. Esto provoc√≥ un cambio radical en la forma en que se conceb√≠a la pol√≠tica en todos sus aspectos, y la enriqueci√≥ con nuevas perspectivas. En un libro que publicamos con Santiago Nieto hace 15 a√Īos y que pr√≥ximamente aparecer√° en una nueva versi√≥n, planteamos que vivimos un proceso de feminizaci√≥n de la cultura occidental. La afirmaci√≥n no es exagerada. En Occidente, los valores machistas pierden espacio paulatinamente, se tiende a respetar la igualdad de los g√©neros y toda la gente “civilizada” rechaza la discriminaci√≥n contra la mujer. El macho, que se consideraba superior mientras m√°s violento y primitivo era su comportamiento, ha perdido prestigio y apareci√≥ una nueva definici√≥n de la masculinidad. Rom√°n Gubern, en El eros electr√≥nico, dice que en la antig√ľedad las hembras prefer√≠an machos de mayor tama√Īo y aspecto desagradable, para que asustaran a los extra√Īos y as√≠ proteger a sus hijos. Ahora las necesidades cambiaron. Pensamos, estudiamos, nos entendemos, dialogamos, tenemos valores superiores. La preferencia actual de las mujeres hacia rostros menos desagradables se explica porque, “en la especie humana, la capacidad de tener descendencia f√©rtil depende en gran parte del cuidado que se presta a los hijos, que ahora comparten padre y madre. El padre de esta nueva etapa necesita desarrollar caracter√≠sticas como la ternura y saber expresar sus afectos para colaborar en la crianza de ni√Īos”. Gubern afirma que estas son caracter√≠sticas “definidoras contempor√°neas del rol de buen padre y que se refuerza con un rostro masculino con rasgos feminizados”. La feminizaci√≥n de la cultura liber√≥ tambi√©n a los hombres y les permiti√≥ superar algunas taras ancestrales. Hasta hace poco, los ni√Īos deb√≠an demostrar que eran “hombres”, d√°ndose de trompadas con sus compa√Īeros. Actualmente, un ni√Īo que ataca a otros o hace bullying es mal visto, y si persiste en su actitud va al psic√≥logo. Las costumbres violentas ya no son vistas como un valor sino como una patolog√≠a. La verdad es que un burro no es m√°s hombre que un ser humano porque da patadas m√°s fuertes, pero esta verdad elemental no fue entendida hasta que las mujeres transformaron nuestra sociedad. Otro tanto ocurre con el derecho de los hombres a expresar sentimientos ‚Äúd√©biles‚ÄĚ, como llorar o demostrar afecto. Fueron actitudes prohibidas porque “un hombre macho no debe llorar”. Gracias a la influencia de la mujer y la reivindicaci√≥n de algunos valores que eran vistos como debilidades femeninas, se convirtieron en valores. Las mujeres no solo se han liberado a s√≠ mismas, sino que lograron que los hombres conquistaran nuevos espacios que les permiten vivir de una manera m√°s plena. La difusi√≥n de la alteridad cambi√≥ todo: signific√≥ respeto a las distintas preferencias sexuales, a las condiciones raciales, religiosas y de todo orden. Esto es capital para entender la pol√≠tica. Muchas mujeres se han incorporado a los procesos electorales y toda la acci√≥n pol√≠tica se ha enriquecido con sus puntos de vista. Entr√≥ en crisis el rol de la madre conservadora, sometida al macho, sumida en la ignorancia, que transmit√≠a los valores tradicionales a sus hijos. Hasta el siglo pasado, se cre√≠a que la mujer no deb√≠a aprender a leer y escribir y que deb√≠a dedicarse a reproducir y criar ni√Īos. Se cre√≠a que la sofisticaci√≥n intelectual de la mujer iba a conducirla al “desorden” sexual. Desde el punto de vista pol√≠tico, la mujer estuvo marginada por casi todos nuestros Estados faloc√©ntricos. En Ecuador, Matilde Hidalgo de Pr√≥cel fue la primera mujer que se acerc√≥ a votar en 1929, provocando un esc√°ndalo nacional. Lo interesante es que la legislaci√≥n ecuatoriana era una de las primeras en reconocer el derecho de la mujer al voto, pero ejercerlo se consideraba una “mala costumbre” que nadie se hab√≠a atrevido a desafiar. En Argentina, Julieta Lanteri encabez√≥ una lucha similar cuya historia reivindicamos en nuestra pr√≥xima publicaci√≥n. La liberaci√≥n del erotismo fue un gran motor de las revoluciones de los sesenta, escondido detr√°s de ideales m√°s “altos”. En esa sociedad, sexualmente reprimida, era m√°s elegante preocuparse por el proletariado y la paz en Vietnam que por la libertad sexual. Lo m√°s probable, sin embargo, es que en esas movilizaciones Eros haya tenido m√°s importancia que T√°natos. *Profesor de la GWU, miembro del Club Pol√≠tico Argentino.

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