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4 agosto, 2018

Poder y trastornos psiqui√°tricos

Elogio de Godard.
Dif√≠cil seguir siendo emperador en presencia de un m√©dico, y dif√≠cil tambi√©n preservar la propia cualidad humana. Los animales son m√°s educados que nosotros Dif√≠cil seguir siendo emperador en presencia de un m√©dico, y dif√≠cil tambi√©n preservar la propia cualidad humana. El ojo del m√©dico no ve√≠a en m√≠ m√°s que una masa de humores, triste amalgama de linfa y sangre‚ÄĚ, le hace decir la escritora Marguerite Yourcenar al emperador Adriano. Los m√©dicos personales son los √ļnicos testigos de la

intimidad y las debilidades de los grandes hombres a quienes les consagraron su vida y su carrera. Est√°n en la primera fila del teatro de la historia, discretos confidentes de los meandros del poder. El hombre a cuyas manos nos confiamos enteramente, desnudos y descarnados, debe ganarse esa confianza. Al m√©dico le revelamos nuestros temores, esperanzas, desesperaciones, enfermedades f√≠sicas, mentales, los males de la edad, una simple hipocondr√≠a y nuestras carencias afectivas. Cada uno de los c√©lebres personajes evocados en este libro necesit√≥ la presencia de un m√©dico a su lado. Esa ‚Äúsombra‚ÄĚ que los segu√≠a a todas partes tiene nombre y apellido: Theodor Morell en el caso de Adolf Hitler, lord Moran para Winston Churchill, Bernard M√©n√©trel para Philippe P√©tain, Vicente Gil para Francisco Franco, Georg Zachariae para Benito Mussolini, Max Jacobson para John Fitzgerald Kennedy, Vladimir Vinogradov para I√≥sif Stalin y Li Zhisui para Mao Zedong. (…) Considerados como ‚Äú√°ngeles malos‚ÄĚ, los m√©dicos personales son objeto de rivalidades diversas. Su influencia no es siempre pol√≠tica, sino que puede ser f√≠sica o psicol√≥gica, y es dif√≠cil determinar con certeza su injerencia en algunas decisiones. ¬ŅC√≥mo es que esos m√©dicos pudieron lograr esa confianza, a veces ciega, de hombres de Estado con personalidades tan complejas? ‚ÄúConozco a Charles casi tan bien como √©l me conoce a m√≠‚ÄĚ, dec√≠a Winston Churchill de su m√©dico, lord Moran. (‚Ķ) El m√©dico es un filtro al que se le adjudica una enorme influencia. Se desconf√≠a de √©l o se lo usa como intermediario para lograr cualquier fin. Se los ha tildado alternativamente de confidentes, impostores, eminencias grises, almas condenadas o consejeros pol√≠ticos en las sombras. Algunos son personajes ilustres de la Historia, empezando por Rasput√≠n, curandero del √ļltimo zar de Rusia y a quien se le atribuye su ca√≠da. Rasput√≠n es un hombre que se presta a todo tipo de fantas√≠as, desde el tama√Īo de su sexo hasta el rol que desempe√Ī√≥ para convencer al monarca de no entrar en enfrentamientos con Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Varios de los m√©dicos de los que se ocupa este libro fueron en alg√ļn momento calificados de ‚ÄúRasputines‚ÄĚ, y como √©l, con frecuencia eran impopulares y rara vez eran aceptados por el entorno m√°s cercano del poderoso. La misi√≥n de esos m√©dicos: permitir que el hombre de Estado al que atend√≠an pudiera ejercer el poder durante el mayor tiempo posible. Y antes de hacer p√ļblica cualquier informaci√≥n sobre su salud, deb√≠an ser analizadas todas las consecuencias posibles. Muchas veces se endulzaban o se ocultaban ciertas aflicciones, y revelar cualquier deterioro mental o enfermedad grave resultaba impensable. Esos m√©dicos deb√≠an mantener a toda costa en funciones a sus pacientes, y a veces se ve√≠an arrinconados entre esa exigencia, los fundamentos de su profesi√≥n y sus propias convicciones personales. El conflicto entre el deber y el inter√©s se hace evidente. Mientras se supone que el m√©dico debe mantener su independencia y objetividad en el ejercicio de su profesi√≥n, en el teatro del poder la realidad es bien distinta. (…) A lo largo de la Historia, numerosos cambios de r√©gimen estuvieron ligados a la salud de su gobernante. Cabe mencionar, por ejemplo, la f√≠stula anal de Luis XIV en 1696. Se viv√≠a al ritmo de la enfermedad del rey, y puede decirse que su pol√≠tica se divide entre un antes y un despu√©s de ese hecho. Otro ejemplo m√°s reciente fue la Conferencia de Yalta. Mientras que hasta la ca√≠da del Muro de Berl√≠n el orden mundial depender√° parcialmente de lo decidido en Yalta, lo cierto es que esa cumbre estuvo marcada por la decadencia f√≠sica de cada uno de sus participantes. Roosevelt, que reinaba sobre el mundo, estaba f√≠sica e intelectualmente muy disminuido: era una sombra. Pero con la complicidad de sus m√©dicos, que hab√≠an hecho la vista gorda a su estado de salud, pocos meses antes hab√≠a logrado obtener su cuarto mandato presidencial. Rondaba el fantasma de la enfermedad. Pero para hacer frente a un Stalin √°vido de territorios, hac√≠a falta un presidente norteamericano en pleno uso de sus facultades f√≠sicas y mentales. Sin ser exhaustiva, la lista de hombres y mujeres que ejercieron funciones presidenciales o ministeriales durante el siglo XX estando f√≠sica o mentalmente enfermos es alucinante: Erich Honecker (Alemania), Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt (Estados Unidos), Georges Pompidou y Fran√ßois Mitterrand (Francia), Mohandas Karamchand Gandhi (India), Golda Meir (Israel), H√°fez al-Assad (Siria), Mohammad Reza Pahlevi (Ir√°n), Anthony Eden (Reino Unido), Ferdinand Marcos (Filipinas), Leonid Br√©zhnev, Boris Yeltsin (Uni√≥n Sovi√©tica), adem√°s de las personalidades de las que trata este libro. Asimismo, un estudio publicado en los Estados Unidos en 2006 consigna lo siguiente: es posible dirigir a la primera potencia mundial con una salud mental vacilante. De los treinta y siete presidentes que ocuparon el cargo entre 1776 y 1974, dieciocho de ellos (el 49%) presentaban problemas psiqui√°tricos en un sentido amplio del t√©rmino: sobre todo depresi√≥n (24%), ansiedad (8%), trastornos bipolares (8%) y adicci√≥n al alcohol (8%). Es una pena que ese estudio no sea m√°s reciente: ¬Ņqu√© dir√≠a de Donald Trump, el 45¬į presidente de los Estados Unidos? ¬ŅQu√© impacto tiene la enfermedad sobre el poder? ¬ŅDeber√≠a ser un impedimento para ejercerlo? Cabe se√Īalar que las patolog√≠as tal vez no siempre afecten negativamente las acciones. En cualquier caso hipot√©tico, el ejercicio de ese poder est√° subordinado a la confidencialidad, esencial cuando se trata de problemas de orden ps√≠quico o de adicci√≥n a las drogas o el alcohol. El secreto es necesario y condiciona la calidad de la atenci√≥n m√©dica a la que se tiene acceso. Ning√ļn pol√≠tico le revelar√≠a sus males a un m√©dico si pensara que podr√≠an ser divulgados y da√Īar su reputaci√≥n. *Autora de La enfermedad y el poder, editorial El Ateneo El periodismo profesional es costoso y por eso debemos defender nuestra propiedad intelectual. 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