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3 julio, 2018

El Complejo Fraterno y sus cuatro funciones

Dr. Luis Kancyper

Introducción
El Complejo Fraterno es un conjunto organizado de deseos hostiles y amorosos que el
niño experimenta respecto a sus hermanos.
Este complejo no puede reducirse a una situación real, a la influencia ejercida por la
presencia de los hermanos en la realidad externa, porque trasciende lo vivido individual. También
el hijo único requiere, como todo ser humano, asumir y tramitar los efectos generados por la forma singular en que este complejo se construye en cada sujeto.
Podemos diferenciar cuatro funciones:

a)
Sustitutiva
b)
Defensiva
c)
Elaborativa
d)
Estructurante
a) La función sustitutiva del Complejo Fraterno se presenta como una alternativa para
remplazar y compensar funciones parentales fallidas.
La sustitución puede también operar, por un lado, como función elaborativa del
Complejo de Edipo y del narcisismo y por otro lado, como función defensiva de angustias y sentimientos hostiles relacionados con los progenitores pero desplazados sobre los hermanos.
La función sustitutiva la describe Freud(1916) en la Conferencia Nº 21, señala que
“cuando estos hermanitos crecen, la actitud para con ellos sufre importantísimas mudanzas.
El chico puede tomar a la hermana como objeto de amor en sustitución de la madre,
infiel; entre varios hermanos que compiten por una hermanita más pequeña ya se presentan las
situaciones de rivalidad hostil que cobrarán significación más tarde en la vida.

una niñita encuentra en el hermano mayor un sustituto del padre, quien ya no se ocupa
de ella con la ternura de los primeros años, o toma a un hermanito menor como sustituto del bebe que en vano deseó del padre

b) La función defensiva del Complejo Fraterno se manifiesta cuando éste encubre
situaciones conflictivas edípicas y/o narcisistas no resueltas. En muchos casos sirve para eludir
y desmentir la confrontación generacional, así como para obturar las angustias.
Esta función defensiva se ve facilitada en virtud del fenómeno del desplazamiento, a
través del cual se producen falsos enlaces que originan múltiples malentendidos; éstos se
presentifican en la experiencia clínica, como así también en la mitología y en la literatura -por ejemplo, en la obra teatral El Malentendido de A. Camus.
Con mucha frecuencia, los mismos padres son los que provocan falsos enlaces entre los
complejos paterno, materno y parental con el complejo fraterno y promueven a la vez competencias hostiles entre los hijos. “Dividen para reinar”. De ese modo, interceptan entre los
hermanos la posibilidad de construir lazos solidarios de confraternidad, para fundar entre ellos un poder horizontal que contraste y confronte pr
ecisamente el abuso del poder vertical detentado por los padres en la dinámica familiar.

c) El Complejo Fraterno ejerce una función elaborativa fundamental en la vida psíquica,
no sólo por su propia envergadura estructural, sino porque colabora, además, en el incesante
trabajo de elaboración y superación de los remanentes normales y patológicos del narcisismo y
de la dinámica edípica que se presentan a lo largo de toda la vida. Así como el Complejo de Edipo pone límite a la ilusión de omnipotencia del narcisismo
(Faimberg), también el Complejo Fraterno participa en la tramitación y desasimiento del
poder vertical detentado por las figuras edípicas y establece otro límite a las creencias narcisistas
relacionadas con las fantasías del “unicato”.
En cambio, el sujeto que permanece fijado a traumas fraternos, no logra una adecuada
superación de la conflictiva edípica y permanece en una atormentada rivalidad con sus
semejantes, que puede llegar a cristalizarse en la repetición tanática de “los que fracasan al triunfar”. En esta conducta no sólo actúan las culpas edípicas no elaboradas, sino que participan además las culpas fraternas y narcisistas, con sus correspondiente necesidad de castigo consciente e inconsciente.

d) El Complejo Fraterno posee un papel estructurante y un carácter fundador en la
organización de la vida anímica del individuo, de los pueblos y de la cultura.
Participa en la estructuración de las
dimensiones intrasubjetiva, intersujetiva y transubjetiva a través de los influjos que ejerce en la génesis y mantenimiento de los procesos identificatorios en el yo y en los grupos, en la constitución del superyó e ideal del yo y en la elección del objeto de amor.
En el apartado II de la Introducción al narcisismo (1914), Freud desarrolla un sucinto
panorama de los caminos para la elección de objeto. Señala dos formas de amar: una según un
tipo narcisista y otra de acuerdo al modo del apuntalamiento. En la primera se ama
1)
A lo que uno mismo es (a sí mismo).
2)
A lo que uno mismo fue.
3)
A lo que uno querría ser.
4)
A la persona que fue una parte del sí mismo.
Cuando describe el tipo de elección del objeto del apuntalamiento, marca únicamente
dos modelos del amar: según “la mujer nutricia y el hombre protector y las personas sustitutas
que se alinean en cada uno de estos caminos” (Freud T. XIV, 1914) , pero no incluye al hermano o hermana como a un otro y a un semejante que cuenta en la vida anímica del
individuo, con total seguridad, “como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo; por
eso desde el comienzo mismo, la psicología individual es simultaneamente psicología social en
este sentido más lato, pero enteramente legítimo”. (Psicología de las masas y análisis del yo
En las protestas fraternas circulan una amplia gama de afectos, fantasías y poderes
hostiles, no sólo desde el hermano mayor hacía el menor, ya que también éste acumula, en el tesoro mnémico de sus afectos, una intensa rivalidad hacia el primogénito, originada por la relación de dominio durante el período infantil entre ellos y por los sentimientos de culpa suscitados a partir de los pactos secretos que cada hijo establece con una o con ambas figuras
parentales. En efecto, cada hermano, desde su diferente lugar en el orden de nacimiento, porta diversas protestas fraternas.
Recuerdo el reclamo de un analizante que ocupaba el “hilvanado” lugar del hermano
menor en la constelación familiar. -Mi madre decía: "Al primero se lo borda, al segundo se lo cose y al tercero se lo hilvana”. En la observación directa con niños en la vida cotidiana, se observa que el anuncio del nacimiento de un hermano provoca una súbita revulsiva herida narcisista acompañada de
encarnizadas protestas y rivalidades.
Transcribo la advertencia proferida por una niña de cinco años a su hermanita de dos,
inmediatamente después de que la madre les había anunciado a ambas la llegada de una nueva
hermanita: -
Que sepas que yo seguiré siendo por siempre la más grande, pero vos ya no serás la
más chiquita
.
Y a continuación transcribo las diferentes respuestas de un hermano de ocho años y de su
hermana de dos y medio, en el momento en que la madre anuncia a ambos que está embarazada
de un nuevo hemanito.
El hijo mayor exclamó con alegría: ¡Qué suerte! Tendré un hermano para jugar con él al
fútbol, mientras que la pequeña bajó su mirada y enmudeció. La madre dudó si la pequeña había
comprendido y le preguntó: -
¿Escuchaste bien lo que les dije? A ver ¿qué tiene mamá en la panza?
Y la niña con voz grave respondió: -Un tonto.
Cuando la pequeña fue al sanatorio a ver a su hermano recién nacido se acercó a su
madre y con voz baja le murmuró al oído: ¿Ya salió el hermanito? ¿Después lo ponemos
adentro de vuelta?
En el sujeto la protesta fraterna se origina por la efracción de una creencia narcisista acerca del ilimitado poder detentado por “Su Majestad el Bebé”. La presencia del otro quiebra esa creencia inconsciente que suele escenificarse en la fantasía que denominé la fantasía del unicato.
“El unicato es una denominación acuñada a fines del siglo XIX, aplicada al gobierno de
un solo partido reaccionario y corrupto. El eje de ese sistema político era una concepción
absolutista de un poder ejecutivo unipersonal que inutilizaba y avasallaba a los demás,
impidiendo el establecimiento de una oposición organizada”
. (Romero J.L.) Con insólita frecuencia hallamos que el deseo de permanecer en el lugar del unicato se ha conservado en lo inconsciente y despliega desde la represión sus efectos particulares. Esta fantasía se edifica como el Yo ideal mismo -que es un cultivo puro de narcisismo- sobre la base de desmentidas, y en virtud de éstas conserva su existencia. Frente a la muerte eleva su pretensión de inmortalidad, y frente a las angustias del mundo y sus contingencias,
aferra su invulnerabilidad al peligro. Él, en sí y por sí, es digno del amor, del reconocimiento y
del poder ilimitado e inquebrantable.
Algunas consecuencias psíquicas a partir de la diferencia en el orden del nacimiento
entre los hermanos. Hago cierta y mía la reflexión de Freud (1916): “
La posición del niño dentro de la serie de los hijos es un factor relevante para la conformación de su vida ulterior, y siempre es preciso tomarla en cuenta en la descripción de una vida”
En la experiencia clínica con Marcos se corrobora esta afirmación. También la mitología y la literatura atestiguan el papel sustantivo que desempeña el orden del nacimiento de los hijos, como una condición de fuerza impulsora que interviene, bajo la forma de “protesta fraterna”, en la formación de carácter y de la neurosis y, puntualmente, en la génesis y el dinamismo de los procesos identificatorios y sublimatorios.
Aclaro que no elevo la protesta fraterna a la categoría de único factor que determina una tipología fija, sino como un acontecimiento de singular importancia, junto a otros factores convergentes, ya que todo acontecimiento está sobredeterminado y demuestra ser el efecto de varias causas determinantes.
La clínica psicoanalítica revela y corrobora que, con notoria frecuencia, suele ser el
hermano menor el que intenta descubrir, conquistar y cultivar los nuevos territorios; mientras que
el mayor suele asumirse como el epígono de la generación precedente, sobrellevando el
ambivalente peso de actuar como el continuador y el defensor que sella la inmortalidad de sus
predecesores.
El hijo mayor suele ser identificado, desde el proyecto identificatorio parental, como el
destinado a ocupar el lugar de la prolongación y fusión con la identidad del padre. Esta
identificación es inmediata, directa y especular. Además, este topos identificatorio es a la vez reforzado por el propio hermano mayor con recelo, legitimidad y excesiva responsabilidad, interceptando en el menor el acceso identificatorio con las figuras parentales. Se evidencia en él un recelo en cuanto a no ser cuestionado en su exclusivo lugar como el supuesto único y privilegiado heredero ante los subsiguientes hermanos usurpadores, generándose en un gran número de casos “la división del botín filial”. El hijo mayor se encuentra programado como aquél que llega al mundo para restañar las heridas narcisistas del padre y para completarlo, y el menor, para nivelar la homeostasis del sistema narcisista materno. La experiencia psicoanalítica nos enseña que la rígida división del “botín de los hijos”, ofrendados como meros objetos para regular la estabilidad psíquica de la pareja parental, es punto de severa
s perturbaciones en la plasmación de la identidad sexual y en el despliegue de los procesos sublimatorios en cada uno y entre los hermanos.
El hermano menor exige un recorrido identificatorio más complicado para el logro de su
identidad sexual, porque por un lado permanece excluido de un disponible lugar identificatorio con los progenitores -circuito ya ocupado y vigilado por el otro- y suele llegar -a través de un rodeo- a la búsqueda de nuevas alternativas exogámicas y lo más alejadas posible del territorio de la economía libidinal familiar, en la que el hermano mayor permanece investido como el legítimo heredero, o el reconocido doble, a través del Mayorazgo.
Este recorrido identificatorio genera un trabajo psíquico adicional en el hermano menor,
acrecentándose su bisexualidad, que puede llegar a sublimarse, propiciando la creatividad:
camino intrincado para la plasmación de la identidad sexual, pero también propiciador de
búsquedas y de nuevas incursiones en los territorios desconocidos. El hermano menor suele ser
eximido de ser el portador y garante responsable de la tradición familiar imperante. Mientras él suele ser el cuestionador y el creador, el primogénito, en cambio, es el epígono y el conservador. En Psicoanálisis de las masas y análisis del yo, Freud pone de manifiesto, a partir del mito
de la horda primitiva y de los cuentos populares, la hazaña heroica asumida por el hijo menor para separarse de la masa. En el texto que reproduciré a continuación, podemos colegir desde la
metapsicología, cómo las relaciones entre el complejo paterno y materno y los efectos del Yo ideal y del Ideal del yo ejercen sus influjos en las profundidades del alma del hijo menor.
"Así como el padre había sido el primer ideal del varón, ahora el poeta creaba el primer
Ideal del yo en el héroe que quiso sustituir al padre. El antecedente del héroe fue ofrecido, probablemente, por el hijo menor, el preferido de la madre, a quien ella había protegido de los celos paternos y aquél que en los tiempos de la horda primordial se había convertido en el sucesor del padre. En la falaz transfiguración poética de la horda primordial, la mujer que había sido el botín de la lucha y el señuelo del asesinato, pasó a ser probablemente la seductora e instigadora del crimen.
El héroe pretende haber sido el único autor de la hazaña que sin duda sólo la horda
como un todo osó perpetrar. No obstante, como lo ha observado Rank, el cuento tradicional
conserva nítidas huellas de los hechos que así eran desmentidos. En efecto, en ellos frecuentemente el héroe, que debe resolver una tarea difícil -casi siempre se trata del hijo menor, y no rara vez de aquél que ha pasado por tonto, vale decir por inofensivo, ante el subrogado del
padre-, sólo puede hacerlo auxiliado por una cuadrilla de animales pequeños (abejas,
hormigas). Estos serían los hermanos de la horda primordial, de igual modo como en el sueño insectos, sabandijas, significan los hermanos y hermanas (en sentido peyorativo: como niños
pequeño s).
Además, en cada una de las tareas que se consignan en el mito y los cuentos
tradicionales, se discierne con facilidad
un sustituto de la hazaña heroica”. (Freud, 1921).
Freud subraya en este párrafo la importancia ejercida por la complacencia materna en la
plasmación de la fantasía épica y parricida en el hijo menor. En el primogénito, en cambio, se establece preferentemente un contrato narcisista entre el padre y el hijo mayor, en el que prevalecen fantasías de fusión y de especularidad, signadas por la ambivalencia entre la mortalidad e inmortalidad. Estas fantasías se tornan audibles en los
mandatos impuestos por el tirano Creón a su hijo Hemón, en la Antígona de Sófocles.
Creón: “Así, hijo mío, conviene guardar en el
corazón, ante todo y sobre todo, los principios que un padre formula.
Porque ésta es la razón de que los padres ansíen tener en su hogar hijos totalmente sumisos, esos hijos que ellos engendran. De este modo, para sus enemigos son tremendos
vengadores; para los amigos de su padre, son tan amigos como él.
Ay, aquél que engendró hijos sin provecho, dime, hijo mío, ¿qué logra sino crearse a sí mismo infortunios y a sus enemigos fuente de desprecio?”
El primogénito es el primer heredero que anuncia la muerte a la inmortalidad de su
progenitor y sobrelleva una mayor ambivalencia y rivalidad por parte del padre. Éste suele
negarlas a través de la formación reactiva del control y cuidados excesivos sobre el hijo, llegando al extremo de estructurar entre ambos una simbiosis padre-hijo.
En esta simbiosis, padre e hijo se alienan en una recíproca captura imaginaria. Ambos
tienden a reencontrar, en cada uno, a una parte del sí-mismo propio, y entre ambos se constituye
una relación singular, que involucra a los participantes y genera a la vez efectos alienantes sobre
cada uno.
A esta relación la he denominado relación centáurica, en la cual el padre representa la
cabeza de un ser fabuloso y el hijo, el cuerpo que lo continúa completándolo.
Las frecuentes identificaciones narcisistas que suelen recaer sobre el primogénito tienen
un aspecto defensivo para la economía libidinal del padre. Sirven para sofocar un amplio abanico
de afectos que abarca, además de las angustias y de los sentimientos de culpabilidad inconscientes y conscientes, otra serie de efectos hostiles tales como odio, celos, resentimiento y envidia ante la presencia del primer hijo, que llega como intruso y rival, para provocar su exclusión y generar una desarticulación en
la regulación libidinal de la pareja.
Además, el establecimiento de las relaciones de objeto narcisistas parento-filiales
desmiente la diferencia entre las generaciones y paraliza el acto de la confrontación
generacional. De esta manera, el padre intenta perpetuarse en la hegemonía del ejercicio de un
poder atemporal sobre el hijo, y se rehusa a confirmarlo como su sucesor y como su natural
heredero, aquél que finalmente llegará a suplantarlo.
Esta sempiterna ambivalencia entre la mortalidad e inmortalidad se encuentra ya
manifiesta en los arcaicos conflictos que los patriarcas de la biblia han tenido con sus
primogénitos, y en sus efectos en las rivalidades fraternas. Así, Abraham abandona a Ismael en
el desierto, e Isaac no bendice al primogénito Esaú, y tampoco Jacob a Rubén. Este bíblico
conflicto parento-filial extiende sus influjos sobre los vínculos entre los hermanos, generando,
desde sus orígenes y hasta nuestros días, la compulsión repetitiva de los enfrentamientos más
sangrientos entre las religiones y los pueblos.
El primogénito es investido como el primer
soporte del ideal narcisista de omnipotencia
e inmortalidad del padre. Recae privilegiadamente sobre él el Yo ideal de otro ser, vía
identificaciones primarias.
El Yo ideal sirve de base a lo que Lagache
(24)
ha descrito con el nombre de identificación
heroica. Para este autor, la formación del Yo ideal tiene implicancias sado-masoquistas, en
especial la negación del otro, correlativa a la afirmación de sí mismo. Para Lacan el Yo ideal
constituye también una formación esencialmente narc
isista, que tiene su origen en la fase del
espejo, y que pertenece al registro de lo imaginario.

El padre procura recuperar, a través del primogénito, el estado llamado de omnipotencia
del narcisismo infantil. Lo inviste como su doble especular, ideal e inmortal. Al primogénito se le
adjudican identificaciones preestablecidas, listas para usar, mientras que sobre el segundogénito
suelen recaer idealizaciones menos directas y masivas, e identificaciones menos precisas y más
próximas al Ideal del yo que al Yo ideal parental.
La diferencia entre estas dos formaciones intrapsíquicas es fecunda para poner de relieve
la génesis y función paradojal del narcisismo parental y sus efectos sobre las dinámicas edípica y
fraterna. “El Yo ideal connota un estado de ser ya alcanzado, mientras que el Ideal del yo connota un estado de devenir, que es preciso alcanzar. Designa una capacidad aún no realizada:
es la idea de una perfección por la cual el yo debe esforzarse. El Yo ideal es la idea del Yo como
digno de ser amado en su ser, mientras que el Ideal del Yo es la idea del Yo como digno de ser
amado por lo que procura ser.
(Hanly)
Esta diferencia entre el Yo ideal e Ideal del yo entre hermanos promueve distintos
posicionamientos de los hijos con respecto a la asunción de las responsabilidades en la transmisión y perpetuación de la tradición intergeneracional.
Escuchemos los mandatos de inmortalidad y de especularidad del primogénito Jorge
Luis Borges.
“Ciegamente reclama duración el alma arbitraria, cuando la tiene asegurada en vidas ajenas, cuando tú mismo eres el espejo y la réplica de quienes no alcanzaron tu tiempo y otros serán ( y son) tu inmortalidad en la tierra( Inscripción en cualquier sepulcro” ) “He sabido, antes de haber escrito una sola línea, que mi destino sería literario.”
Las diferencias entre el primogénito y los hermanos subsiguientes generan
inevitablemente entre ellos recíprocas y acérrimas rivalidades y protestas. Sostengo aquí que

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