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10 junio, 2018

Perfume inconfundible que nos fecunda, siempre de paso

Santiago Kovadloff
La reconozco al abrir los ojos, cuando me gana la emoción de despertar. En la placidez con que apronto el desayuno sin sentir el peso de la rutina: queso, café y frutas, buen pan, leche tibia, una melodía.
La reconozco en la expectativa del viaje que anhelo, en el vuelo esperado, en la llegada que se concreta. En la caminata sin rumbo, viendo caer las hojas del otoño. En tu risa cuando brota. Al volver a abrazar a un hijo. Sé que es ella la que me busca cuando me asalta una idea que presiento fecunda y apremia el deseo de volcarla en el papel. Al leer o releer una página excepcional. Es ella cuando siento tu

mano en la mía. Cuando escucho una voz amiga. Cuando, a campo abierto o en la ciudad dormida, soy testigo del silencio de la noche y todo lo que respira parece replegarse hacia la paz.
Hablo de la alegría, de la inconfundible alegría.
En lo que tiene de enigmático, de inasible y súbito, ese contento no parece provenir de un logro personal. No es el corolario afortunado de un esfuerzo ni del aplauso a quien se lo ha ganado.
Ese contento tan especial cuando nos embarga, intensa y gratuitamente, más se parece a una ofrenda milagrosa que a la consecuencia de algo que hemos hecho.
Esa alegría que se diría inmotivada, florece muchas veces en el contacto repentino con las formas más simples y cercanas; esas que de pronto pierden familiaridad y se nos muestran como presencias conmovedoras: el árbol, un tapiz, un objeto en la cocina, la lluvia o la luz que se van y renacen.
Aquí la alegría y el asombro se funden, son una misma emoción. Expresan el íntimo júbilo del descubrimiento, la conmoción provocada por un hallazgo imprevisto. Algo, en suma, nos ha sido revelado y su presencia inusual nos fecunda.
De modo que no siempre la alegría se deriva del acierto de un propósito ni equivale al placer de verse reconocido. No es una consecuencia. No lo es al menos de lo que solemos entender como causa.
Sea como fuere, ella es siempre huidiza y reincidente a la vez. Así como viene, se va. Nadie la aloja sino transitoriamente. Huésped momentáneo, no cede al ruego de quien pretende retenerla. Nadie la subordina. Nadie le arranca una promesa de fidelidad.
Por eso mismo, la alegría no equivale a la felicidad, ese espejismo; ese delirio al que la sed de plenitud cree proveedor de una verdad eterna.
Tampoco la euforia dice nada de la alegría. El estruendo no la refleja porque no es suya la desmesura. Siempre inconquistable, es ella, en todo caso, la que nos conquista. Pretender atraparla es inútil. Y no tarda en identificarla como nómade quien tiene la fortuna de ser alcanzado por ella. Su destinatario sabe, al recibirla, que ella está de paso. No hay nadie en quien la alegría fije residencia. Su errancia imbatible, su indoblegable sustracción al afán de hacerla nuestra, prueba que estamos a su merced. Somos suyos. Como lo somos del tiempo, de la fragilidad y de los sueños.
Conozco la alegría del trabajo por lo mucho que me gusta lo que hago. Pero, aun así, cuando finalmente el cansancio me gana, soy yo mismo quien la ahuyenta. Y, a la vez, cuando por un motivo u otro no estoy en lo mío, sé que es su perfume lo que falta a mis días. Ese perfume que hoy, al cabo de tantos años, impregna todavía dos de mis recuerdos de infancia. En el primero, me veo tendido, con indecible deleite, en un balcón de baldosas blancas enfrentando en combate a mis soldados de plomo. En el segundo, galopando en mi yegua alazana a través de un campo desierto y soleado.
A veces es así: la alegría siembra lo suyo, luego parte pero su estela perdura en la memoria.
¿Cómo llamar sino alegría al hecho de sabernos queridos y valorados? ¿Pero quién puede identificarse sin dudarlo con ese privilegio? Más seguro es saber que somos capaces de querer; palpar en nosotros el espesor del afecto que otros nos inspiran, acaso porque confiamos más en lo que damos que en lo que merecemos.
No se trata, pues, de pretender atrapar humo y buscar la felicidad. Se trata, en cambio, de la fortuna de vernos premiados por la alegría. Una y otra son inconfundibles. Quien aspira a la primera, no se conforma con el encuentro siempre fugaz con la segunda. Y si eso sucede es porque, ciego como anda, atribuye a la felicidad poderes mágicos. La entiende perenne, la quiere inamovible, como si de salvarse del tiempo se tratara. Atrapada por sus manos para siempre, invulnerable al vaivén de los días. Como si hubiera siempre. Como si fuera posible un éxtasis perpetuo.
Malentiende también la alegría quien presume que ella no puede irrumpir donde predomina lo problemático. Es cierto que una y otro provienen de fuentes distintas pero sus aguas no son incompatibles. Puede sentirse alegría y no solo alivio cuando se cuenta con un consejo certero para abordar algo que nos aflige. O cuando se comparte un pesar con quien supo ganarse nuestra confianza y nos ayuda a replantear de un modo liberador lo que hasta allí solo era bruma y desconsuelo. El diálogo bien cumplido siempre es una alegría, la alegría de un encuentro, aun donde abundan lo incierto y lo intrincado.
Quiero, por último, decir que soy diurno. Yo declino con el día. Ese júbilo inicial que reconozco con tanta gratitud al despertar y que en las mañanas en que aparece me llena de aliento, se va apagando con las primeras horas de la noche. Entonces, aquella alegría, si la hubo, comienza a retirarse, cede y crece el sueño y, con él, el cansancio de mi cuerpo se apropia de todo lo que soy. Solo aspiro entonces a comer algo y disolverme entre las sábanas. Sé, una vez más, que la alegría así como vino, se fue. Su lugar, no obstante, no lo ocupa la angustia ni lo llena el tedio sino, como digo, el sueño; ese intervalo anhelado. Los párpados caen, las ganas de dormir imponen su intendencia. Es el sueño, el buen sueño que reclama su cuota de tiempo. Esa otra forma -lo descubro en este instante- de una módica alegría pero alegría al fin que ya no proviene del alma sino del cuerpo que deja oír su goce al ingresar en la quietud.

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