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30 abril, 2018

‘La Tercera Ola’

Montero Glez
Volvamos la vista atrás para reconocer el terreno donde se plantó la semilla del Holocausto
El 11 de abril de 1987, Primo Levi decidió arrojar su vida por el hueco de la escalera. De toda su obra escrita, destaca El Sistema Periódico, libro inclasificable donde clasifica cada elemento químico relacionándolo con una pequeña narración. En el capítulo dedicado al Vanadio, el químico y humanista italiano hace referencia al holocausto sufrido en sus propias carnes. Sin romper el hilo de ternura que envuelve su relato, Primo Levi nos cuenta cómo estuvo prisionero en un laboratorio nazi cuyo responsable, el doctor Müller, se volvería a poner en contacto con él, tiempo después,

con la guerra ya terminada.
Conmemorar a Primo Levi nos lleva también a reflexionar acerca del Holocausto. Porque la existencia de las razas no justifica la existencia del racismo, aunque la división étnica fuese la excusa para que los nazis aplicasen la “solución final” o genocidio sistemático de la población judía europea. Todavía hoy nos preguntamos cómo se llegó a tal aberración de la conducta humana. ¿Cómo el pueblo mejor educado de Europa pudo haber colaborado con tal crimen? Volvamos la vista atrás para reconocer el terreno donde se plantó la semilla del Holocausto.

Podemos aventurarnos a aproximar que el racismo en Alemania tuvo su base fundacional en 1775 cuando el joven anatomista Johann Friedrich Blumenbach (1752-1840) publicaba su disertación De generis humani varietate nativa. Según su trabajo, la humanidad se divide en cinco razas dependiendo de sus condiciones geográficas, siendo la primera raza de todas la raza caucásica, la raza más bella de la humanidad para Blumenbach ya que, todas las demás razas no eran más que una degeneración de esta. Su contemporáneo, el antropólogo alemán Christoph Meiners (1747-1810) también se basó en la estética para hacer clasificación de razas, existiendo razas feas y razas bellas. Con tales asuntos, el racismo científico estaba servido. Pero para poner en práctica la teoría racista pangermánica y llegar a los hornos crematorios hace falta algo más y ese “algo más” no consiste en otra cosa que en “disciplina colectivamente inflamable”.

El citado elemento como motor del nazismo se descubriría años después de la Segunda Guerra Mundial, con la guerra fría como telón de fondo y fue Ron Jones, profesor de Historia de un instituto en Palo Alto, quien lo encontró en 1967 poniendo en práctica un experimento con sus alumnos que bautizó como La Tercera Ola por ser la tercera ola la más fuerte de una serie de olas en el mar. Con arreglo a esto, Ron Jones demostraría que obedeciendo a la autoridad constituida, personas sin ningún tipo de instinto asesino son capaces comportarse como verdaderos asesinos. El experimento se completó en cinco jornadas, siendo la última donde Jones reúne a sus alumnos frente a un televisor. Pero vayamos por partes o mejor, por instantes.

En un primer instante, el profesor propuso a sus alumnos una nueva forma de sentarse. Las siguientes jornadas se completarían con las consignas escritas en la pizarra Poder a través de la disciplina y Poder a través de la comunidad, lemas que el profesor hace corear a sus alumnos; todas las gargantas en una. También inventa un saludo que llamaría el saludo de La Tercera Ola porque la mano levantada parecía una ola. Lo más curioso es que sus alumnos aceptan la propuesta con entusiasmo, sin oponerse ni mostrar sentimiento crítico alguno. En las siguientes jornadas, Ron Jones fue ampliando la disciplina integradora, asignando los carnés de socios que daban un sentimiento de superioridad respecto a todos los que no pertenecían a La Tercera Ola. El elemento del miedo no faltaría pues el profesor había designado a algunos alumnos como informadores, chivatos que señalaban infractores. Así llegaron a la quinta jornada, quinto día del ensayo donde el profesor reúne a sus alumnos frente a un televisor sin señal para revelarles que habían sido parte de un experimento sobre el nazismo. Arrebatados de voluntad, habían rellenado la ausencia de la misma con un complejo de superioridad, tal y como pasó en la Alemania nazi. Luego Ron Jones pasó a sus alumnos una película sobre el nazismo y muchos lloraron al saberse tan vulnerables ante la autoridad constituida cuando esta ofrece la ocasión de obedecerla ciegamente.

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