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9 enero, 2018

El intelectual que pone en jaque a Bergoglio

compilacion dr eduardo medina bisiach
Jorge Fernández Díaz (la nacion)
Para Borges las religiones eran apasionantes antolog√≠as del g√©nero fant√°stico; para Sebreli en cambio son laberintos ideol√≥gicos. Su √ļltimo trabajo es un libro monumental y erudito que excede en mucho a Bergoglio y a sus huestes, pero que no deja de diseccionarlos con fr√≠a precisi√≥n, ni de mostrarlos bajo una luz distinta, intensamente pol√©mica. Luego de analizar la genealog√≠a de las grandes creencias m√≠sticas, se detiene en la “teolog√≠a de la pobreza”, que el papa Francisco ha convertido en su celebrada pol√≠tica oficial. Recuerda Sebreli la declaraci√≥n de un pastor (tal vez pentecostal) a The New York Times: “La iron√≠a es que los cat√≥licos optaron por los pobres cuando los pobres estaban optando por los evangelistas”. El gran ensayista tambi√©n se permite criticar a la

Madre Teresa de Calcuta, que acog√≠a a enfermos de sida pero permanec√≠a contraria al uso del preservativo. Los dos se√Īalamientos, tan distantes, apuntan a describir la verdadera naturaleza de este giro estrat√©gico de la Iglesia y tambi√©n a desmontar su falso sesgo progresista.
Sugiere el autor de Dios en su laberinto que Bergoglio es un conservador popular y que sus ap√≥stoles no encuentran en la pobreza una carencia sino una virtud. Para ilustrar esto recurre a declaraciones p√ļblicas de su heroico equipo de trinchera, que muestra sin embargo desconfianza frente a la urbanizaci√≥n de las villas, puesto que esa mejora conllevar√≠a un car√°cter “civilizatorio” y porque en esos asentamientos persistir√≠an “valores evang√©licos muy olvidados por la sociedad liberal de la ciudad”. Flota entonces el concepto t√°cito de que la clase media ha sido corrompida por el dinero, y que ha virado hacia un cierto agnosticismo o tal vez a un catolicismo de bajas calor√≠as, como viene ocurriendo en todas las capitales laicas de Occidente. En contraposici√≥n, hay zonas marginadas en todas las latitudes donde Dios brilla sin dudas ni sombras. Sebreli refuta la concepci√≥n pobrista de Bergoglio y trae un ejemplo cercano: “El ideal de los villeros no es el de cultivar el comunitarismo ni formar una microsociedad, ni preservar su ‘identidad cultural’, sino salir de all√≠ lo m√°s pronto posible; incluso las familias de villeros m√°s organizados y con mejor situaci√≥n env√≠an a sus hijos a escuelas lejos de las villas y los que tienen un trabajo dan un domicilio falso. No son los ‘porte√Īos’ despectivamente tratados por los curas, sino los propios villeros quienes detestan la villa, y querr√≠an integrarse a la ciudad. La ayuda a los pobres no consiste en exaltar la pobreza como un m√©rito sino en combatirla, y eso solo se consigue con posibilidades de trabajo, educaci√≥n, vivienda, salud, control de la natalidad, e integraci√≥n plena a la sociedad”.
La pr√©dica del Papa no reconoce el Estado de bienestar de las democracias republicanas; en consecuencia, sus relaciones no se arman en torno a partidos pol√≠ticos, sino a organizaciones sociales, cuya consigna es “imitar al pobre” y cuya especialidad consiste en gerenciar la d√°diva. Ni los diversos marxismos, ni cualquiera de los liberalismos posibles son afines a esa ocurrencia de fondo: ambos pretenden razonablemente resolver un problema econ√≥mico con la econom√≠a.
A esta nueva concepci√≥n eclesi√°stica, Sebreli la califica de “utop√≠a reaccionaria”, negadora de la modernidad y prejuiciosa con el capitalismo de cualquier orden, dado que confunde las partes con el todo, es decir, los m√ļltiples defectos y desigualdades del sistema, con sus cualidades, y con la innegable prosperidad social que produjo en muchas naciones. La alternativa parece ser un populismo religioso que sospecha del progreso; con liderazgos carism√°ticos y con un rasgo curiosamente antiintelectual: Sebreli anota que durante el Tedeum del 25 de mayo de 1999 el entonces cardenal instaba a beber de “las reservas culturales de la sabidur√≠a de la gente corriente” y a no hacer caso de “aquella que pretende destilar la realidad en ideas”.
Otro cap√≠tulo lo dedica a la formaci√≥n del c√©lebre vecino del barrio de Flores; como todo argentino, Bergoglio goza con ser inclasificable. Sebreli abunda en su paso por Guardia de Hierro, indaga en su lectura jesu√≠tica y luego lo retrata: “El Papa humilde como cura de aldea esconde un pol√≠tico habil√≠simo y astuto… Es el maquiav√©lico Ignacio de Loyola travestido en el dulce Francisco de As√≠s”. Seg√ļn el autor, esta dualidad ya estaba en el primer Francisco, a quien Chesterton llamaba “el divino demagogo”. El aspecto dual de su gesti√≥n parece plagado de picard√≠as (hagan l√≠o, pero no usen profil√°ctico; sean revolucionarios pero que sea “la revoluci√≥n de la gracia”), y tambi√©n de perogrulladas, como cuando exhorta a los narcos a dejar de serlo a riesgo de ir al infierno.
Donde Sebreli resulta m√°s duro es en el terreno de los usos y costumbres de la vida moderna, la moral sexual y familiar, y la libertad art√≠stica; all√≠, asegura, el padre Jorge “fue un reaccionario sin matices”. Trae a nuestra memoria el hostigamiento que lanz√≥ contra Le√≥n Ferarri, por su obra Cristo crucificado, que Bergoglio calificaba de blasfema. Y la carta que envi√≥ a las carmelitas para frenar el matrimonio igualitario; en esa misiva se advert√≠a que la campa√Īa contra aquella ley era directamente “una guerra de Dios”. M√°s tarde, Bergoglio pareci√≥ abandonar sus actitudes homof√≥bicas al decir: “¬ŅQui√©n soy yo para juzgar a un gay?” Pero no hubo pedido de perd√≥n por haber perseguido a homosexuales, ni se abord√≥ el tema en el primer s√≠nodo de su pontificado. El autor de El malestar de la pol√≠tica asegura que desde su papado y a trav√©s de notorios dirigentes peronistas fren√≥ reformas al C√≥digo Civil, aunque acaso para inclinar la balanza insinu√≥ ambiguamente una cierta apertura hacia los divorciados. “Francisco habla de ‘misericordia’ y de ‘curar heridas’, cuando lo que buscan los homosexuales o las parejas divorciadas o las mujeres que abortan no es la piedad ni el perd√≥n sino el reconocimiento del esencial derecho humano a usar el propio cuerpo, a ser reconocidos en plano de igualdad con los heterosexuales -escribe el soci√≥logo-. La misericordia, la piedad, convierten a la v√≠ctima en un objeto de l√°stima”. Sebreli sostiene que el “relato papal” ha sido tan eficaz que provoca el temor del ala conservadora y la esperanza del ala progresista. “Unos y otros se equivocan -concluye-. Bajo el mandato del papa Francisco habr√° algunos cambios porque el mundo cambia, pero decepcionar√° a los cat√≥licos liberales; los conservadores pueden tranquilizarse”.
S√≥lo el tiempo dir√° si el escritor tuvo raz√≥n en todas estas observaciones. Lo innegable es que as√≠ como Ratzinger debe ser tratado como un pensador, Bergoglio debe ser juzgado como un pol√≠tico: capaz, a la manera de Per√≥n, de mutar y de decirle a cada uno lo que quiere o√≠r, y de utilizar para sus fines incluso a sus antiguos adversarios (los neopopulistas) siempre y cuando estos se encuentren en la lona y √©l pueda hacerse cargo pr√°cticamente sin costos de ese liderazgo en liquidaci√≥n. As√≠ se entiende que, al decir de Sebreli, “con el pretexto de acoger pecadores arrepentidos, reciba a corruptos no recuperables”. La idea de que “ocuparse de los pobres” equivale autom√°ticamente a estar trabajando por su evoluci√≥n, o pensar que quien lanza frases sinuosas sobre la libertad individual es un sacerdote abierto o un l√≠der progre, comprobar cada d√≠a que lo siguen izquierdistas combativos y “almas bellas”, parecen prodigios surgidos del g√©nero fant√°stico. Borges se divertir√≠a mucho con ellos

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