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20 agosto, 2017

“LA POLARIZACIÓN BENEFICIÓ A LA DERECHA”

MARISTELLA SVAMPA. Socióloga:
En su nuevo libro “Del cambio de época al fin de ciclo”, la socióloga analiza el decepcionante legado que deja el progresismo latinoamericano, tras una larga década en el poder.
Con una interesante regularidad, Maristella Svampa ha logrado publicar en los últimos años una serie de trabajos que van actualizando su aguda mirada acerca de los distintos procesos que suceden en América latina. Socióloga y analista política, Svampa es una docente universitaria que se inscribe en la tradición crítica del pensamiento latinoamericano y se autodefine como

una intelectual “anfibia”: mixtura el mandato de distanciamiento que impone la academia con la demanda de compromiso absoluto que reclama el activismo militante.
Su nuevo ensayo se denomina Del cambio de época al fin de ciclo, título que es un guiño a un libro suyo de 2008: Cambio de época.
Ya entonces criticaba al kirchnerismo, porque su modelo económico no era otra cosa que la adecuación del neoliberalismo a los tiempos del progresismo.
En esos años, casualmente, se hablaba del “vuelco progresista” de América Latina: Lula gobernaba Brasil y Evo Morales, Bolivia; Chávez se consolidaba en Venezuela; dos gobiernos socialistas se sucedían en Chile y el Frente Amplio ganaba la presidencia de Uruguay, mientras Rafael Correa hacía lo propio en Ecuador.
¿Qué queda hoy de todo aquello? Poco y nada. Oportunidades perdidas. Casi todo ha terminado en decepción o en mayúsculas preocupaciones, como es el caso de Venezuela, que la ha motivado a impulsar y sostener, junto a muchos colegas suyos, una declaración crítica que circula en la web (“Llamado internacional urgente a detener la escalada de violencia en Venezuela”).
Divorcio
En resumen, Svampa plantea aquí que aquel progresismo, primero, obtuvo el acompañamiento de la izquierda, que ahora deberá saber desacoplarse: fuerzas que estaban relativamente unidas tendrán que separarse, formar nuevos bloques, reescribir identidades en base a una nueva narrativa y encontrar nuevos liderazgos; y segundo, ese divorcio es inevitable porque el progresismo “realmente existente” se volvió populista o, transformismo mediante, dejó de representar el campo de las clases subalternas para convertirse en otro actor del campo del poder.
-Ante un diagnóstico pesimista, la alternativa que marcás es bien complicada y tomará mucho tiempo. ¿No hay otra opción para las izquierdas?-El agotamiento del ciclo progresista refleja un desacoplamiento entre izquierdas y progresismo. No sé si a futuro habrá un reacoplamiento de diferentes izquierdas, pero lo que sostengo es que, para reinventarse, las izquierdas deben incorporar la narrativa ecologista, de la mano de la crítica al extractivismo. Muchas izquierdas latinoamericanas todavía continúan leyendo el conflicto social desde la contradicción capital-trabajo, dejando de lado aquellas entre capital y naturaleza, que impulsa el capitalismo actual, que avanza sobre los territorios exigiendo más materias primas y energía. Tienen una mirada exclusivamente obrerista, como es el caso del trotskismo, o comparten con la derecha la visión hegemónica del desarrollo ligada al productivismo, al crecimiento indefinido. No están viendo que una parte importante de las luchas anticapitalistas del siglo 21 están en la resistencia al despojo de los territorios, en la defensa básica de la vida y su reproducción. Por otro lado, no olvidemos que América latina es la región del mundo donde se registra la mayor cantidad de asesinatos de activistas ambientales en los últimos años y también un mayor acaparamiento de tierras. Y esto está ligado sin duda a la expansión del extractivismo y la disputa territorial, tema que las izquierdas deben asumir.
-En lo económico, advertís una continuidad entre el Consenso de Washington y el Consenso de las “commodities” que formulás. ¿Ahora viene el consenso del libre comercio?-Que los precios de las materias primas hayan bajado no quiere decir que hayamos salido del Consenso de las commodities. En realidad, la caída de los precios generó más extractivismo porque todos los países latinoamericanos multiplicaron los proyectos extractivos para cubrir el déficit comercial. Eso trajo mayor dependencia con respecto a China, con quien vamos consolidando una relación de intercambio cada vez más asimétrica. La actual fase entonces traerá más extractivismo y, al mismo tiempo, también un cercenamiento de derechos sociales, en el nuevo contexto aperturista. Desde esa perspectiva, es difícil creer que vamos camino a un nuevo consenso neoliberal. Por ejemplo, en casi dos años de gestión, en cuanto a la relación capital-trabajo, el gobierno de Macri empeoró la asimetría frente al capital fortaleciendo la opción por los mercados y perjudicando así a distintas franjas de trabajadores de las clases medias y, sobre todo, de trabajadores de los sectores populares. Respecto de la relación capital-naturaleza, apuesta a profundizar la comoditización de la naturaleza y la flexibilización de la normativa ambiental gestada en la década anterior a través de las luchas sociales (ley de bosques, ley de glaciares). A la renovada apuesta al desarrollo de los hidrocarburos no convencionales a través del fracking, una técnica muy controversial en todo el mundo, suma la construcción de centrales nucleares y la firma de un acuerdo minero con los gobernadores, de espaldas a la sociedad.
Sobreactuaciones
-El plano local, para vos, combina todos estos temas. El legado del kirchnerismo, escribís, es “una herida política y cultural que beneficia a las derechas en boga, en detrimento de las izquierdas y centroizquierdas”.-Son pocos los que reconocen que hubo un agotamiento político del progresismo, fueran estos populistas o transformistas. Algo lógico después de tantos años de hegemonía, pero también ligado a un cansancio hacia la narrativa polarizante y simplificadora que los progresismos instalaron en el escenario político, y que generó heridas profundas en nuestras sociedades. La polarización benefició a la derecha. En algunos casos, buscó fortalecerla explícitamente, como hizo el kirchnerismo con el macrismo jugando a “aprendiz de brujo”. Y para los sectores de derecha, las izquierdas y centroizquierdas son todo lo mismo. Además, con la llegada de gobiernos de derecha, como en Argentina y Brasil, la polarización no cedió; todo lo contrario. No hay que olvidar que si bien los progresismos sobreactúan su representación del pueblo, por otro lado, la derecha sobreactúa sus pretensiones de republicanismo. Hoy lo que se advierte es la tendencia a reducir los progresismos a una pura matriz de corrupción. Y no es así: los progresismos, sea en su versión populista o transformista, tuvieron varias dimensiones; algunas inclusivas, otras excluyentes.
Protestas multiformes
-En tu estudio detectás una cultura de la protesta variada, multiforme, con rasgos novedosos y nuevas generaciones de militantes.-En nuestra sociedad, existe una cultura de la protesta muy ligada en sus metodologías de acción y lenguaje de derechos al nuevo ciclo de movilización social que se abrió en 2001-2002 y se reconfiguró luego durante el kirchnerismo. Esta cultura política está asociada a líneas de acumulación de luchas: la sindical, en sus diferentes ramas, con el trotskismo a la cabeza en términos de sector más combativo; una línea socioterritorial, con movimientos de desocupados y de economía social, que se reactivó desde la marcha del día de San Cayetano del año pasado, a lo que hay que sumar también el reclamo ancestral de los pueblos originarios; una tercera línea de luchas socioambientales, asociada a las resistencias a la megaminería, los agronegocios y el fracking, entre otros; y una línea sociocultural, más reciente, visible en el movimiento “Ni Una Menos”. También hay otra línea de movilización ligada a las problemáticas de inseguridad, donde convergen clases medias y populares, que puede motorizar consignas reaccionarias o terminar en acciones directas muy cuestionables.

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